Constitución

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Título I Pacto de la Iglesia

Nosotros como Iglesia Bautista “El Tabernáculo” ubicada en la comuna de San Miguel habiendo sido guiados, según creemos, por el Espíritu Santo de Dios al recibir al Señor Jesucristo como nuestro Salvador, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; ante Dios, como un cuerpo en Cristo. Prometemos por lo tanto, con la ayuda del Espíritu Santo, andar juntos en el amor cristiano; luchar por el progreso de nuestra Iglesia en Sabiduría, en Santidad y en Consuelo; sustentar sus cultos, ordenanzas, disciplina y doctrinas; otorgarle preeminencia sagrada por sobre toda institución de origen humano, contribuir gozosa y regularmente al mantenimiento del Ministerio, a los gastos de la Iglesia, a la ayuda de los necesitados y la divulgación del Evangelio por todas las naciones. También prometemos mantener tiempos de devocionales en familia; otorgarles a nuestros hijos enseñanza bíblica; buscar la salvación de nuestros familiares y conocidos; andar con sobriedad en el mundo; a ser justos en nuestros negocios, ser fieles en nuestra palabra, en nuestra apariencia y vestimenta; evitar todo chisme, murmuración; abstenerse de la venta y el uso indebido de bebidas alcohólicas y de drogas ilícitas; y ser celosos de nuestros esfuerzos para ganar almas y edificarlas por medio de la enseñanza de la Palabra de Dios. Prometemos, además, cuidarnos en amor fraternal; recordarnos mutuamente en oración; ayudarnos mutuamente en enfermedad y angustia; procurar una óptima comunión entre los hermanos, a la luz de los principios bíblicos, y solucionar prontamente cualquier conflicto que surja. Según Rom. 12; Mat. 18:15-18; 1 Juan 4:7-10

Título II Declaración de Fe y Doctrina

Por “La Santa Biblia”

  1. Entendemos la colección de sesenta y seis (66) libros, desde el Génesis hasta el Apocalipsis, los cuales como fueron originalmente escritos, contienen no solo la palabra de Dios, sino que son la palabra de Dios.
  2. Por “inspiración” entendemos que los libros de la Biblia fueron escritos por hombres santos, que fueron inspirados por el Espíritu Santo, por lo que estos libros fueron sobrenatural y verbalmente inspirados, sin señal alguna de error. II Timoteo 3:16-17; Juan 17:17, 12:48, 5:39, 45-47; Proverbios 30:5-6; Romanos 3:4, 15:4; I Pedro 1:2,3; Apocalipsis 22:19; Isaías 8:20; Salmos 19:7-11.
Creemos en un solo Dios verdadero, Creador de los cielos y de la tierra, y que su voluntad es para todos, para buenos y para malos; que tiene las características de omnisciencia, omnipresencia y omnipotencia; que es un Dios Trino, que es Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, siendo coexistente iguales estos en perfección divina, desempeñando oficios distintos; por Dios Padre el cual tiene potestad en los cielos y la Tierra; por Dios Hijo el Señor Jesucristo que vino al mundo en cuerpo y carne y que se humanó como fruto de una virgen, habitando entre nosotros con el propósito de la redención del hombre por su muestre en la cruz; y por Dios el Espíritu Santo la persona divina cuya obra del Consolador es de convencer e instruir al hombre hacia la salvación y ministrar al salvador en conformarse el creyente a la imagen de Cristo. Ex. 20:2-3; Gen. 17:1; I Co. 8:6, 12:4-5, 2:10-11; Ef. 4:6, 2:18; Jn 4:24, 15:26, 10:30, 17:5; Sal. 147:5, 83:18, 90:2; Jer. 10:10; Ex. 15:11; Apoc. 4:11; I Tim. 1:17; Ro. 11:33; I Juan 5:7; Hch. 5:3-4; Fil. 2:5-6.
Enseñamos que en la encarnación (Dios hecho hombre), Cristo rindió o hizo a un lado únicamente las prerrogativas de la deidad pero nada de la esencia divina, ni en grado ni en tipo. En su encarnación, la segunda persona de la trinidad, existiendo eternamente, aceptó todas las características esenciales del ser humano y de esta manera se volvió el Dios-Hombre (Fil. 2:5-8; Col. 2:9). Creemos que Él es el eterno hijo de Dios, en su humanidad fue concebido por el Espíritu Santo y nacido de la virgen María, Su nacimiento fue único entre los hombres. Él es verdaderamente Dios, siendo “Dios manifestado en carne”. Él vivió una vida absolutamente sin pecado, y en su muerte hizo una expiación completa y vicaria por nuestros pecados, muriendo como un sustituto voluntario en lugar del pecador. Él resucitó de los muertos al tercer día, y ascendió corporalmente al cielo. Él vendrá otra vez para llevar a sus Santos y para establecer su reino. La venida es inminente, y será personal, pre-tribulacional y pre-milenaria.
Enseñamos que el Espíritu Santo es una persona divina, eterna, no derivada, que posee todos los atributos de personalidad y deidad incluyendo intelecto (1 Co. 2:10-13), emociones (Ef. 4:30), voluntad (1 Co. 12:11), eternidad (Hch. 9:14), omnipresencia (Sal. 139:7-19), omniscencia (Is. 40:13:34), omnipotencia (Ro. 15:13) y veracidad (Jn. 16:13). En todos los atributos divinos y en su sustancia Él es igual al Padre y al Hijo (Mt. 28:19; Hch. 5:3-4, 28:25-26; 1 Co. 12:4-6; Col.13:14; Jer. 31:31-34; Hch. 10:15-17). Enseñamos que el Espíritu Santo ejecuta la voluntad divina con relación a toda la humanidad. Reconocemos su actividad soberana en la creación (Gn. 1:2), la encarnación (Mt. 1:18), la revelación escrita (2 P. 1:20-21) y la obra de la salvación (Jn.3:5-7). Enseñamos que la obra del Espíritu Santo en esta dispensación comenzó en Pentecostés cuando Él descendió del Padre como fue prometido por Cristo (Jn. 14:16-17; 15:26) para iniciar y completar la edificación del cuerpo de Cristo, el cual es su Iglesia (1 Co. 12:13). El amplio espectro de su actividad divina incluye convencer al mundo del pecado, de justicia y de juicio; glorificando al Señor Jesucristo y transformando a los creyentes a la imagen de Cristo (Jn. 16:7-9; Hch. 1:5; 2:4; Ro. 8:9, 2 Co. 3:6; Ef. 1:13). Enseñamos que el Espíritu Santo es el Maestro divino, quien guió a los apóstoles y profetas en toda la vida conforme ellos se entregan a escribir la revelación de Dios, la Biblia. Todo creyente posee la presencia del Espíritu Santo, quien mora en él desde el momento de la salvación. El deber de todos los que han nacido del Espíritu consiste en ser llenos (controlados por) el Espíritu (Jn. 16:13, 13:14; Hch. 1:8; 1 Co. 12:4-11: 2 Co. 3:18) Enseñamos con respecto a esto que Dios el Espíritu Santo es soberano en otorgar todos sus dones para el perfeccionamiento de los santos hoy día y que hablar en lengua y la operación de milagros de señales (profecía, sanidades físicas, hablar en lenguas, revelación a través de sueños) es los primeros días de la iglesia, fueron con el propósito de apuntar y certificar a los apóstoles como reveladores de verdad divina, y su propósito nunca fue el de ser característicos de la vida de los creyentes (1 Co. 12:4-11; 13:8-10; 2 Co. 12:12; Ef. 4:7-12; He. 2:1-4; Heb. 1:1).
Creemos que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, inocente, en plena comunión con su Creador y sujeto a voluntad revelada y a la palabra de Dios; pero a causa de su voluntaria desobediencia cayó de este estado de inocencia; y que por esta causa se convirtió en pecador al igual que toda su descendencia; por su naturaleza caída está desprovisto de la santidad que la ley de Dios exige; y así está inclinado a hacer lo malo y por eso justamente condenado a la ruina eterna, sin disculpa o excusa que valga ante Dios. Enseñamos que debido a que todos los hombres de todas las épocas de la historia estaban en Adán, se les ha transmitido una naturaleza corrompida por el pecado de Adán, siendo Jesucristo la única excepción. Por lo tanto todos los hombres son pecadores por naturaleza, por decisión personal y por declaración divina (Sal.14: 1-3; Ger. 17:9; Gen. 3:1-6, 24; Rom. 5:10-12, 19, 3:10-19, 1:18, 20, 28; Ef. 2:1, 3; Ez3. 18: 19-20; Gal.3:22)
Creemos que el hombre por su pecado es culpable y está perdido; por tanto está bajo justa condenación; que su salvación es concedida totalmente por gracias, efectuándose por la obra de Cristo quien por designación divina libremente tomó sobre si nuestra semejanza, siendo Él sin pecado; que por su obediencia durante su vida terrenal cumplió la ley divina y por su muerte en la cruz satisfizo el castigo de la ley sufriendo en lugar del pecador; el justo muriendo por los injustos, Cristo el Señor tomando nuestros pecados sobre su cuerpo y clavándolos en la cruz; y que así se efectuó la expiación completa delante de Dios, por el derramamiento de su sangre; que la cultura, obra, o alguna otra cosa para su obtención o retención. Enseñamos que todos los redimidos, una vez que han sido salvos son guardados por el poder de Dios y de esta manera están seguros en Cristo para siempre. Creemos que el arrepentimiento y la fe son requisitos inseparables para la salvación, creemos en el Señor Jesucristo como nuestro Salvador persona. Hch. 20:21, 2:37-38; Mar. 1:15; Luc. 12:8, 18:13; Rom. 10.13, 9:11; Sal. 51:1-4,7; Isa. 55:6-7; Juan 1:12-13, 3:3, 6:8; II Cor. 5:17-19; Luc. 5:27; I Juan 5:1; Hch. 2:41, 16:30-33; II Pedro 1:4; Rom. 6:23; Ef. 2:1, 5:9; II Cor. 5:19; Col. 2:13; Gal. 5:22; Ef. 5:9; Jn. 5:24, 6:37-40, 10:27-30; Rom. 5:9-10
Enseñamos que la Iglesia de Jesucristo es distinta de Israel y comenzó el día de Pentecostés, y es considerada en dos aspectos: “La Iglesia que es Su cuerpo” (Iglesia universal) y “La Iglesia local”. La “Iglesia de Su Cuerpo”, es la totalidad de creyentes en Cristo, sean judíos o gentiles, sin tener en cuenta su posición presente, en el cielo o en la tierra. “La Iglesia local” es una congregación de creyentes bautizados, unidos por una misma fe y la comunión del evangelio, realizando las ordenanzas de Cristo (bautismo por inmersión y la santa cena), gobernados por sus leyes, y ejercitando los dones, derechos y privilegios investidos en ellos por su palabra. Los cargos bíblicos de la Iglesia son: Pastores (Obispos o Ancianos) y diáconos, cuyos requisitos derechos y debes son definidos en las epístolas de Timoteo y Tito. Dios específicamente asignó el derecho de ser cabeza y ejercer autoridad en la Iglesia local a los hombres. Por lo tanto, el oficio pastoral es claramente limitado a los hombres. Esta definición de la Iglesia local nos guía a las siguientes características bíblicas:

  • Toda su fe y práctica está basada en las Escrituras para la autonomía de la iglesia local
  • El bautismo por inmersión del creyente como requisito previo de membrecía en la Iglesia
  • Dos cargos oficiales: Pastores y Diáconos
  • Dos ordenanzas simbólicas, el Bautismo y la Cena del Señor
  • El sacerdocio individual del creyente y la libertad de conciencia.
  • La separación de la Iglesia del Estado.

(Mt. 28:19-20; Hch. 1:5, 2:1-4; 10:44-45, 11:15-16; 1 Cor. 12:13; Ef. 1:22-23; 1 Tim. 2:11-14; Tit. 1:5-9; Heb. 12:23)

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